12 jornadas a tiempo completo en cualquier pueblo de Salamanca para poner a prueba paciencia y nervios con unos 50 chavales que al fin y al cabo, no paran de hacerte reír. Naturaleza a cada momento y atardeceres impresionantes donde los haya. Gaviotas, olas que rompen en tus pies y tapeo en Gijón. Domingos en el pueblo y fines de semana en la frontera con Portugal. Vacaciones en familia pateando cada faro, cada playa y cada ruta de las costas de Cantabria, País Vasco y Suroeste de Francia.
Las fiestas de cualquier pueblo eran motivo de una evidente empalmada, allá iba la reina del sandungueo y el resto de la panda. Septiembre llega con sus ferias: casetas, conciertos, Moreras y demás cosas típicas de una ciudad maravillosa, Valladolid. Despedidas a patadas,
pero, ¿lo mejor de todo?
Lo mejor de todo es la gente que está contigo, la que te guste o no te abre los ojos para hacerte ver lo grande que eres, lo lejos que puedes llegar y el fuerte personaje en el que te ha convertido el daño que por H o por B, ha caído sobre ti. Porque es muy fácil abrazarse en invierno con el frío a flor de piel, pero si algo te enseña un verano es a valorar curiosos placeres de la vida como correr por la nada entre montañas o pasear sin prisa por una susurrante playa.
Te enseña a ver quien está lejos y a la vez contigo, y te da momentos que tardan 9 meses en volver a suceder. Querido verano, no hay nada como tú. Ni como tú ni como tus reencuentros, tus 40 grados a la sombra y las terrazas que se montan cuando llegas tú. Son geniales tus acantilados que mediterraneamente nos impulsan a saltar a lo que todos conocemos: el clásico del amor de verano. Qué bonito eres, de verdad, como me gustas. Nos vemos en junio, ¡y cuídate! Para que cuando vuelvas, estés tan bien como siempre.
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