Juntemos las veces en las que pensaste que yo estaba loca con las ocasiones en las que me he quedado con ganas de morderte la boca. El resultado de la suma se corresponde con la conclusión final de mi hipótesis: estallaría, por un lado, la cama. Y por otro, se multiplicarían las ganas de compartir una.
Me imagino mirándote a los ojos y no puedo evitar acordarme del caramelo que me recubre cuando eres tú quién me mira (por el tema de que me pongo a temblar como un flan).
Supongo que me dejo hipnotizar por las franjas verdes que enmarcan a veces tus pupilas, pero ese método no me sirve para dejar de fumar porque de hecho, tengo ganas de liarte y encenderte otra vez.
A veces creo que te pareces a Madrid cuando se pone a atardecer, a ese cielo inconfundible de pólvora cálida de recuerdos, de metralla de romances que están en el limbo del si quiero pero no te da la gana. No tengo ni idea de porqué te relaciono con puestas de sol si tú eres más de amanecerme de madrugada y acto seguido declararme la guerra para desarmarme como tú sabes.
"Cuídate de los que saben escribir, pues tienen el poder de enamorarte sin siquiera tocarte" Anónimo
martes, 28 de enero de 2014
miércoles, 22 de enero de 2014
Extraña sorpresa (cuando extrañaba lo sorprendente)
Perdona por el impacto de mirarnos así, pero es que no había visto nunca a nadie con esas ganas de partirlo todo y arreglar lo suficiente, lo que bastara, para seguir adelante con lo que llegara cuando anocheciera. Tropecé con tu sonrisa diciendo que estabas encantado de conocerme y me caí por el túnel de tus caderas pensando en lo encantada que estaba yo de habernos dado un golpe tan bajo cuando ya dejábamos atrás el suelo de tu colchón o mejor dicho el de tu esterilla. La madre que nos parió, deja que te cuente... O más bien que te recuerde.
¡Sabía yo que ese lunar me traería problemas algún día!
Me di cuenta de que esto no era nada nuevo y me acordé de las historias del lago, de aquellas cabañas del bosque, del fuego, y las canciones, de la guitarra, de que éramos unos críos, y el lunar en cuestión me refrescó lo que seguíamos siendo, y también me hizo ver que habías cambiado entre nada y demasiado desde la última vez. Me acordé del primer beso de la historia más excéntrica de todos los tiempos: la historia de mis labios. Entonces entramos en una especie de shok provocado por el encontronazo/desastre y te recordé con esa gorra de los Lakers jugando a beso o atrevimiento.
Y es que tú y yo nos atrevíamos a poco para besarnos mucho.
Me comparaste con el vino que mejora con los años, y supongo que, a tu manera, me piropeaste de nuevo, como cuando éramos unos quinceañeros con miedo de que mutuamente dejáramos de hablar por el Tuenti. Yo solo quería creer que el único vino del que hablabas era el que ojalá llevaras de más, ya sabes, para dejar en una anécdota este percal que se había armado en un momento, al son de un par de voces hartas de beber indiferencia y rotas de esperar lo que era evidente que jamás llegaría. Entonces te pedí un minuto para ver si me aclaraba, y me parece que volvimos al principio. Más que nada porque me pediste el número de teléfono y claro, ya lo tenías guardado.
¡Sabía yo que ese lunar me traería problemas algún día!
Me di cuenta de que esto no era nada nuevo y me acordé de las historias del lago, de aquellas cabañas del bosque, del fuego, y las canciones, de la guitarra, de que éramos unos críos, y el lunar en cuestión me refrescó lo que seguíamos siendo, y también me hizo ver que habías cambiado entre nada y demasiado desde la última vez. Me acordé del primer beso de la historia más excéntrica de todos los tiempos: la historia de mis labios. Entonces entramos en una especie de shok provocado por el encontronazo/desastre y te recordé con esa gorra de los Lakers jugando a beso o atrevimiento.
Y es que tú y yo nos atrevíamos a poco para besarnos mucho.
Me comparaste con el vino que mejora con los años, y supongo que, a tu manera, me piropeaste de nuevo, como cuando éramos unos quinceañeros con miedo de que mutuamente dejáramos de hablar por el Tuenti. Yo solo quería creer que el único vino del que hablabas era el que ojalá llevaras de más, ya sabes, para dejar en una anécdota este percal que se había armado en un momento, al son de un par de voces hartas de beber indiferencia y rotas de esperar lo que era evidente que jamás llegaría. Entonces te pedí un minuto para ver si me aclaraba, y me parece que volvimos al principio. Más que nada porque me pediste el número de teléfono y claro, ya lo tenías guardado.
jueves, 2 de enero de 2014
New Years Eve, New Love Here
Por aquí no afloja el temporal de lo que me pasa contigo (ya van cuatro días de ligeros chubascos). Las causas las desconozco, pero los motivos son esencialmente tres: en primer lugar, que me muero por todos y cada uno de tus huesos. Me pasa lo mismo con tus músculos y generalizado con tu anatomía en su totalidad. Luego está tu forma de hablar que simplemente trastorna cosas que pensé que ya estaban revolucionadas del todo, como mis horas de sueño. Cuando llegan tus mensajes mi móvil se pone de todos los colores (y no solo porque sea el Xperia de las lucecitas azules y rosas). También pasa que cuando escribes es como si chillaras que te duele todo o que no encuentras nada o que sabes lo que haces y, creo que cuando estás en silencio, callado, también tienes algo que decirme. Y por último, que por suerte o por desgracia me pones nerviosa y eso hace tiempo que no lo logra cualquiera.
Todo el mundo se está deseando feliz año y yo solo quiero buenos ratos contigo. Ratos, eso es lo que somos, y me maravilla que podamos construirlos entre los dos. Del mismo modo me aterra que se nos acaben, pero ese es otro libro.
Lo que quería decir antes, que me pongo a hablar de ti(empo) conmigo y me distraigo, es que no quiero 365 días felices para honrar la frase hecha que se dice a estas alturas de las vacaciones de Navidad, sino que quiero tenerte en mi año o más bien en mi vida aunque sea para que me des disgustos. Como sea te quiero en mi, en mis planes (en esos que siempre se desmoronan), en mis noches de Jack Daniels y en mis tardes de creatividad que sacan de quicio a los que no creen en el desorden como inspiración, en los sueños, en llegar tarde pero sonriente.
Quiero lluvia y otoño desde el sofá, veranear en VANS mochila y cámara al hombro y ponerme morena en la playa de tu cuerpo de tanto mirar como brillas. Quiero nieve para que el invierno tenga que vérselas con tus (a)brazos y en primavera tendremos que chapar casi a diario, así que supongo que nos mandaremos suerte desde nuestras respectivas bibliotecas. Si quieres yo aparco las dudas y tú el coche en otro sitio, porque ya me conozco estas despedidas y, al fin y al cabo,
es Nochevieja y nosotros tan jóvenes que somos expertos en cosas de adultos (...)
Todo el mundo se está deseando feliz año y yo solo quiero buenos ratos contigo. Ratos, eso es lo que somos, y me maravilla que podamos construirlos entre los dos. Del mismo modo me aterra que se nos acaben, pero ese es otro libro.
Lo que quería decir antes, que me pongo a hablar de ti(empo) conmigo y me distraigo, es que no quiero 365 días felices para honrar la frase hecha que se dice a estas alturas de las vacaciones de Navidad, sino que quiero tenerte en mi año o más bien en mi vida aunque sea para que me des disgustos. Como sea te quiero en mi, en mis planes (en esos que siempre se desmoronan), en mis noches de Jack Daniels y en mis tardes de creatividad que sacan de quicio a los que no creen en el desorden como inspiración, en los sueños, en llegar tarde pero sonriente.
Quiero lluvia y otoño desde el sofá, veranear en VANS mochila y cámara al hombro y ponerme morena en la playa de tu cuerpo de tanto mirar como brillas. Quiero nieve para que el invierno tenga que vérselas con tus (a)brazos y en primavera tendremos que chapar casi a diario, así que supongo que nos mandaremos suerte desde nuestras respectivas bibliotecas. Si quieres yo aparco las dudas y tú el coche en otro sitio, porque ya me conozco estas despedidas y, al fin y al cabo,
es Nochevieja y nosotros tan jóvenes que somos expertos en cosas de adultos (...)
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