Juntemos las veces en las que pensaste que yo estaba loca con las ocasiones en las que me he quedado con ganas de morderte la boca. El resultado de la suma se corresponde con la conclusión final de mi hipótesis: estallaría, por un lado, la cama. Y por otro, se multiplicarían las ganas de compartir una.
Me imagino mirándote a los ojos y no puedo evitar acordarme del caramelo que me recubre cuando eres tú quién me mira (por el tema de que me pongo a temblar como un flan).
Supongo que me dejo hipnotizar por las franjas verdes que enmarcan a veces tus pupilas, pero ese método no me sirve para dejar de fumar porque de hecho, tengo ganas de liarte y encenderte otra vez.
A veces creo que te pareces a Madrid cuando se pone a atardecer, a ese cielo inconfundible de pólvora cálida de recuerdos, de metralla de romances que están en el limbo del si quiero pero no te da la gana. No tengo ni idea de porqué te relaciono con puestas de sol si tú eres más de amanecerme de madrugada y acto seguido declararme la guerra para desarmarme como tú sabes.

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