(que son como billetes a París para dos),
sin tus brillantes contestaciones a deshora, sin tus esperanzadoras tardanzas. Debí ceñirme al plan coherente que tenía en la recámara para el próximo flechazo, pero es que a veces me pongo tonta y no veo el sentido a lo que es más lógico. Y ahora... ahora me estoy volviendo loca porque encuentro la cordura única y exclusivamente en el mapa subjetivamente perfecto del laberinto de tu cuerpo y, sinceramente, no tengo ninguna carga de conciencia porque aunque tenga que estudiar un huevo y deba recoger la habitación por el bien de la salud de mi madre, apetece y mucho perderse por ahí, en ese cuerpo que abarca casi dos metros sin salida de emergencia pero con una entrada por cada milímetro de piel. Casi dos metros de no sé qué sustancia afrodisíaca, casi dos metros de no sé qué ingenio no premeditado que poco a poco se ha ido abriendo paso entre los numerosos "te lo dije".
Y es que no hay advertencia que no se haga por una razón y al parecer había un montón de argumentos respaldados en experiencias que me decían: "cuidado Bel, que te va a encantar y no va a haber forma humana de no pegársela".
Y ya voy cuesta abajo y sin frenos.
Puedo ponerme en plan Sergio Carrión y hablar de precipicos en tus clavículas y en tus vértebras y en tu espalda y decir que es todo gris porque me la voy a dar seguro, pero estoy puesta en modo Bel y quiero intentarlo. Quizás sea solo por el afán que tengo de perseguir lo que me gusta, pues Pereza y yo tenemos planes comunes (los de correr detrás de ti). Y bueno, otros días me dedico a excusar lo que siento en la última copa, en esa que está siempre de más. Eres la gota que colmó el vaso de ron y para ron el de tus ojos.
Ya lo que me faltaba. En el sentido más ausente de la expresión. Me faltabas.
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