No sé cuánto habría pagado hace años tu niñera para que dejaras de llorar, pero sé lo que daría hoy por verte torcer la boca y mirar el mar mientras dices que sonríes. Yo es que intenté dejar lo de correr hacia atrás cuando me hiciste ver lo pepino que era caminar hacia delante si era verano. Y al final lo conseguí. Por eso dejé de hacer castillos de arena, porque nadie debería estructurarse de forma que un golpe seco le destruyera, y una patada la enchufa cualquiera.
Después llegó el otoño y comenzó a desnudarse y tú y yo a deshojarnos.
Y los días grises se volvieron dorados porque el reflejo de las farolas sobre estanques y hojas mojadas superó con creces las noventa puestas de sol que vivimos al calor del fuego en plan campamento y al calor del ron en plan Benidorm. Y entendí que el verano no es la estación TOP del año porque el frío es maravilloso si tienes alguien con quién abrazarte a contraluz, con quién fumar a caraperro y con quién tomar chocolate caliente. Supongo que cuando llueva menos y vuelva el invierno, me entrarán ganas de primavera para llenar de polen la terraza y fingir que la nieve está aquí.
Y será precioso, porque nos habremos agrietado un poco más y separado un poco menos.
"Cuídate de los que saben escribir, pues tienen el poder de enamorarte sin siquiera tocarte" Anónimo
jueves, 28 de noviembre de 2013
viernes, 22 de noviembre de 2013
, corazón.
Estar enamorado te hace vulnerable. Enamorarse es como entrar al trapo en una pelea donde tienes todas las de perder, o como ofrecerse voluntario para una operación experimental a corazón abierto. Entras en el quirófano siendo una persona con debilidades físicas y bastante básicas como el chocolate, el dulce de leche, la ropa y los zapatos.
¿Y cómo sales?
Sales abierto en canal sin que tu vida te pertenezca porque ahora la domina su forma de abrocharse la cazadora y la gobiernan las curvas de su espalda. Te pasas años pensando que eres fuerte y te preparas para el hundimiento forjando seguridad al caminar, cavando trincheras portándote como lo más pasota del lugar y alzando muros de indiferencia para que llegue un tipo que, a causa de un despiste, no se haya afeitado.
-Y a tomar por culo, como decimos aquí en España-
No me explico como es posible que algo tan jodidamente simple como esa barba de dos días me haga dar más vueltas en la cama durante una noche que la tierra en mil quinientos años. Habría pagado para que te afeitaras, en serio. En fin, que putea. Putea muchísimo. El amor no da tregua a nadie y constantemente te parte el pecho en unos siete trozos que tardan meses en "recomponerse", a veces años. Y eso de que se recomponen va entrecomillado porque no hay cicatriz que no duela con el roce de su causa.
Pero a veces las operaciones salen bien y se producen ciertos avances en el área de cardio. Incluso de vez en cuando le rompes la nariz al gilipollas de turno en el típico enfrentamiento de fin de semana (sin querer), y el asalto sale bien.
Por eso creo que merece la pena arriesgarse a no salir ileso, porque aunque te partan el corazón en siete o en sus múltiplos, el comodín del tiempo va a estar ahí siempre. Merece la pena porque no hay una felicidad más sucia y bonita que imaginar nuestra ropa haciendo migas con el suelo, y tú y yo... Bueno, tú y yo. Merece la pena porque a veces hay suerte y mientras uno pierde el culo, la otra pierde las bragas al verte haciendo café por la mañana y dándote prisa en recoger el huracán que preparamos a noche, porque el domingo acaba, pero la escapadita de mis padres al pueblo también. Y sin darle más vuetas he decidido que solo van a darme miedo las películas de terror. He fundido la verja, he puesto tierra para nivelar el hueco de las trincheras, y los muros son ahora escombros que dentro de lo malo, me echaron una mano durante un tiempo. Yo es que acojonada "por si me meto otra hostia" vivo al noventa y ocho por ciento. Y soy un cien por cien.
¿Y cómo sales?
Sales abierto en canal sin que tu vida te pertenezca porque ahora la domina su forma de abrocharse la cazadora y la gobiernan las curvas de su espalda. Te pasas años pensando que eres fuerte y te preparas para el hundimiento forjando seguridad al caminar, cavando trincheras portándote como lo más pasota del lugar y alzando muros de indiferencia para que llegue un tipo que, a causa de un despiste, no se haya afeitado.
-Y a tomar por culo, como decimos aquí en España-
No me explico como es posible que algo tan jodidamente simple como esa barba de dos días me haga dar más vueltas en la cama durante una noche que la tierra en mil quinientos años. Habría pagado para que te afeitaras, en serio. En fin, que putea. Putea muchísimo. El amor no da tregua a nadie y constantemente te parte el pecho en unos siete trozos que tardan meses en "recomponerse", a veces años. Y eso de que se recomponen va entrecomillado porque no hay cicatriz que no duela con el roce de su causa.
Pero a veces las operaciones salen bien y se producen ciertos avances en el área de cardio. Incluso de vez en cuando le rompes la nariz al gilipollas de turno en el típico enfrentamiento de fin de semana (sin querer), y el asalto sale bien.
Por eso creo que merece la pena arriesgarse a no salir ileso, porque aunque te partan el corazón en siete o en sus múltiplos, el comodín del tiempo va a estar ahí siempre. Merece la pena porque no hay una felicidad más sucia y bonita que imaginar nuestra ropa haciendo migas con el suelo, y tú y yo... Bueno, tú y yo. Merece la pena porque a veces hay suerte y mientras uno pierde el culo, la otra pierde las bragas al verte haciendo café por la mañana y dándote prisa en recoger el huracán que preparamos a noche, porque el domingo acaba, pero la escapadita de mis padres al pueblo también. Y sin darle más vuetas he decidido que solo van a darme miedo las películas de terror. He fundido la verja, he puesto tierra para nivelar el hueco de las trincheras, y los muros son ahora escombros que dentro de lo malo, me echaron una mano durante un tiempo. Yo es que acojonada "
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Miserables y libres de jueves a domingo
Echarte de menos es llegar dos horas tarde y que mi madre no se de cuenta de que no llego para hablar. Olvidar la vergüenza en el baño de un bar y perder 20 pavos en el taxi. Despertar casi a la hora de comer y dar mil vueltas entre sábanas que te quieren sobre ellas. Pensar que donde coño estabas cuando te grité en silencio y aferrarme despacito al bolsillo trasero de tus pantalones. Despacito he dicho, que no tengo prisa. Volverme loca cuando te quitas la ropa pero estar de manicomio cuando dejas que sea yo quien te la arranque. Y ahora si que tengo prisa y se nota en las respiraciones de ambos (a ver si dejamos de fumar que sonamos al triple, corazón). Darte la mano por debajo de la mesa con tus padres judgando mis vaqueros rotos y tu resaca. O la de los dos, que anoche tela con el Jagger.
Qué bien suena coño, los dos, tú y yo, nosotros.
Qué bien suena coño, los dos, tú y yo, nosotros.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Fácil y sencillo, punzante y vengativo
A ella le basta con poemas de amor que hayan inspirado mis pestañas. Tú, una vez más, se los dedicas a la cintura de otra. No sé qué cojones haces hablando de arte si hace ya tiempo que no te dibujo una sonrisa al bajarme las bragas, y ya ni te cuento lo que ha llovido desde la última vez que esculpí tu cuerpo dentro del mío. Solo yo me he cruzado con tu alma al fotografiarte y créeme que realmente fui capaz de diseñar una vida nueva para ti evitando que el humo de la anterior te contaminara. Eso, corazón, es arte. Escribí sobre ti tantas veces que hasta el teclado de mi ordenador se enamoró de ti. Y lo sabes. Del mismo modo, espero que te hayas percatado de que ahora ese trozo de plástico que me salvó del hundimiento está de acuerdo conmigo en que eres jodidamente indeseable. Siempre ha estado de acuerdo conmigo. De hecho, coincidimos en que nuestra mentira favorita (de las incontables que dijiste) es esa en la que me mirabas a los ojos con esa cara de "no he roto un plato en mi vida" y a continuación decías que yo era la única. Qué bueno, tú. Y platos no sé los que habrás partido, pero vasos al morirte de celos cuando yo servía copas en aquel bar, días que necesitaba enteros, ya ves... por la mitad. Y de mi corazón mejor no hablamos, que no hubo cirujano cardio-torácico en el mundo capaz de arreglar la que preparaste. Yo esperando al mejor del reparto de Anatomía de Grey y al final, pues no hacía falta tanta cura oye. ¿Un clavo saca a otro clavo? En función de la madera y con cuidado, que dos clavos mal puestos duelen mucho. Si crees en el karma: prepárate para lo peor. Y hazme caso, no hay mejor clavo auxiliar que el tiempo.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
"Pongamos que hablo de Madrid" Joaquín Sabina
26 horas y 15 minutos fuera de mi ciudad (y de mi cama). Estar poco más de un día sin mantener contacto con el rollo de siempre (y con la almohada) te puede dar un punto de mira distinto a la hora de ver las cosas, los problemas y la realidad.
En ese tiempo te puedes desplazar en autocar unos 400 kilómetros, perder alrededor de una hora, pues eso, porque te pierdes en el metro, y disfrutar hasta del tráfico de pleno centro mientras atardece detrás del edificio Metrópolis. TrasNUITar con ayuda de Red Bull y que se te junte la melopea con la resaca mientras sacas el billete de vuelta. ¿Y compensa?
Aquí las cosas no compensan. Rentan.
Y renta mazo viajar a la capital si hay alguien que va a buscarte a la boca del metro para ser cómplice de alguna que otra sorpresa "que viene desde lejos".
Que me crea todo el mundo cuando digo que la magia de Devod no la superan películas de Disney, que la inmensidad de Gran Vía no tiene nada que envidiarle a Nueva York y que el encanto de las callejuelas de Malasaña es completamente único.
Envidia, señores, es escuchar a un madrileño decir lo bonito que es el cielo de su ciudad mientras mira el horizonte con toneladas de admiración en los ojos. Y la cosa no se queda ahí, que seguí su mirada y lo entendí todo.
Hay un lugar en este país donde puedes ser nadie en la jungla y todo entre colegas y birras. O eso me han dicho.
Y yo, sinceramente, me lo creo.
En ese tiempo te puedes desplazar en autocar unos 400 kilómetros, perder alrededor de una hora, pues eso, porque te pierdes en el metro, y disfrutar hasta del tráfico de pleno centro mientras atardece detrás del edificio Metrópolis. TrasNUITar con ayuda de Red Bull y que se te junte la melopea con la resaca mientras sacas el billete de vuelta. ¿Y compensa?
Aquí las cosas no compensan. Rentan.
Y renta mazo viajar a la capital si hay alguien que va a buscarte a la boca del metro para ser cómplice de alguna que otra sorpresa "que viene desde lejos".
Que me crea todo el mundo cuando digo que la magia de Devod no la superan películas de Disney, que la inmensidad de Gran Vía no tiene nada que envidiarle a Nueva York y que el encanto de las callejuelas de Malasaña es completamente único.
Envidia, señores, es escuchar a un madrileño decir lo bonito que es el cielo de su ciudad mientras mira el horizonte con toneladas de admiración en los ojos. Y la cosa no se queda ahí, que seguí su mirada y lo entendí todo.
Hay un lugar en este país donde puedes ser nadie en la jungla y todo entre colegas y birras. O eso me han dicho.
Y yo, sinceramente, me lo creo.
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