viernes, 22 de noviembre de 2013

, corazón.

Estar enamorado te hace vulnerable. Enamorarse es como entrar al trapo en una pelea donde tienes todas las de perder, o como ofrecerse voluntario para una operación experimental a corazón abierto. Entras en el quirófano siendo una persona con debilidades físicas y bastante básicas como el chocolate, el dulce de leche, la ropa y los zapatos.
¿Y cómo sales?
Sales abierto en canal sin que tu vida te pertenezca porque ahora la domina su forma de abrocharse la cazadora y la gobiernan las curvas de su espalda. Te pasas años pensando que eres fuerte y te preparas para el hundimiento forjando seguridad al caminar, cavando trincheras portándote como lo más pasota del lugar y alzando muros de indiferencia para que llegue un tipo que, a causa de un despiste, no se haya afeitado.
-Y a tomar por culo, como decimos aquí en España-
 No me explico como es posible que algo tan jodidamente simple como esa barba de dos días me haga dar más vueltas en la cama durante una noche que la tierra en mil quinientos años. Habría pagado para que te afeitaras, en serio. En fin, que putea. Putea muchísimo. El amor no da tregua a nadie y constantemente te parte el pecho en unos siete trozos que tardan meses en "recomponerse", a veces años. Y eso de que se recomponen va entrecomillado porque no hay cicatriz que no duela con el roce de su causa.
Pero a veces las operaciones salen bien y se producen ciertos avances en el área de cardio. Incluso de vez en cuando le rompes la nariz al gilipollas de turno en el típico enfrentamiento de fin de semana (sin querer), y el asalto sale bien.
Por eso creo que merece la pena arriesgarse a no salir ileso, porque aunque te partan el corazón en siete o en sus múltiplos, el comodín del tiempo va a estar ahí siempre. Merece la pena porque no hay una felicidad más sucia y bonita que imaginar nuestra ropa haciendo migas con el suelo, y tú y yo... Bueno, tú y yo. Merece la pena porque a veces hay suerte y mientras uno pierde el culo, la otra pierde las bragas al verte haciendo café por la mañana y dándote prisa en recoger el huracán que preparamos a noche, porque el domingo acaba, pero la escapadita de mis padres al pueblo también. Y sin darle más vuetas he decidido que solo van a darme miedo las películas de terror. He fundido la verja, he puesto tierra para nivelar el hueco de las trincheras, y los muros son ahora escombros que dentro de lo malo, me echaron una mano durante un tiempo. Yo es que acojonada "por si me meto otra hostia" vivo al noventa y ocho por ciento. Y soy un cien por cien.

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