miércoles, 6 de noviembre de 2013

"Pongamos que hablo de Madrid" Joaquín Sabina

26 horas y 15 minutos fuera de mi ciudad (y de mi cama). Estar poco más de un día sin mantener contacto con el rollo de siempre (y con la almohada) te puede dar un punto de mira distinto a la hora de ver las cosas, los problemas y la realidad.
En ese tiempo te puedes desplazar en autocar unos 400 kilómetros, perder alrededor de una hora, pues eso, porque te pierdes en el metro, y disfrutar hasta del tráfico de pleno centro mientras atardece detrás del edificio Metrópolis. TrasNUITar con ayuda de Red Bull y que se te junte la melopea con la resaca mientras sacas el billete de vuelta. ¿Y compensa?
Aquí las cosas no compensan. Rentan.
Y renta mazo viajar a la capital si hay alguien que va a buscarte a la boca del metro para ser cómplice de alguna que otra sorpresa "que viene desde lejos".
Que me crea todo el mundo cuando digo que la magia de Devod no la superan películas de Disney, que la inmensidad de Gran Vía no tiene nada que envidiarle a Nueva York y que el encanto de las callejuelas de Malasaña es completamente único.
Envidia, señores, es escuchar a un madrileño decir lo bonito que es el cielo de su ciudad mientras mira el horizonte con toneladas de admiración en los ojos. Y la cosa no se queda ahí, que seguí su mirada y lo entendí todo.
Hay un lugar en este país donde puedes ser nadie en la jungla y todo entre colegas y birras. O eso me han dicho.
Y yo, sinceramente, me lo creo.

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