jueves, 28 de noviembre de 2013

El otoño era casi tan dorado como tú

No sé cuánto habría pagado hace años tu niñera para que dejaras de llorar, pero sé lo que daría hoy por verte torcer la boca y mirar el mar mientras dices que sonríes. Yo es que intenté dejar lo de correr hacia atrás cuando me hiciste ver lo pepino que era caminar hacia delante si era verano. Y al final lo conseguí. Por eso dejé de hacer castillos de arena, porque nadie debería estructurarse de forma que un golpe seco le destruyera, y una patada la enchufa cualquiera.
Después llegó el otoño y comenzó a desnudarse y tú y yo a deshojarnos.
Y los días grises se volvieron dorados porque el reflejo de las farolas sobre estanques y hojas mojadas superó con creces las noventa puestas de sol que vivimos al calor del fuego en plan campamento y al calor del ron en plan Benidorm. Y entendí que el verano no es la estación TOP del año porque el frío es maravilloso si tienes alguien con quién abrazarte a contraluz, con quién fumar a caraperro y con quién tomar chocolate caliente. Supongo que cuando llueva menos y vuelva el invierno, me entrarán ganas de primavera para llenar de polen la terraza y fingir que la nieve está aquí.
Y será precioso, porque nos habremos agrietado un poco más y separado un poco menos.

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