Le dimos la vara al Twitter para ver si contactaba con diciembre y helaba un poco menos. Y al décimo intento nos dimos cuenta de que esos treinta días iban a estar igual de fríos que siempre, con la excepción de que igual a finales de mes se vestía Don 31 de lentejuelas y salía un rato a celebrar la cálida Nochevieja. Por eso entramos al garito de moda, para olvidar un poco lo estresante que es estudiar y lo jodido que se pone a veces salir de tranquis. Nos pusimos de whisky hasta las cejas y de humo hasta los topes.
Total, que íbamos ciegos y nos tocó leer en braille las curvas de nuestros cuerpos y los baches de nuestras espaldas.
Algunos lo llaman vértebras, y otros, como nosotros, hablan de esos subibajas como si fueran rotundos inconvenientes que nos impiden llegar del tirón al paraíso donde la espalda en cuestión pierde el nombre. Y qué forma tan sutil de aterrizar en el culo cuando nuestro propósito es de todo menos eso, sutil. Menos cine premeditado y más sexo inesperado, que siquiera entre humanos nos ponemos de acuerdo para definir el conjunto de experiencias que algunos llaman vida y otros sin vivir.
A mi que no me jodan que he visto amanecer donde otros solo veían salir el sol,
por no hablar de que mis vistas sin filtros podrían poner en su sitio a más de un sabelotodo. Y no digo nada, pero eso de competir contra profesionales del mundo del #instadesastre está mal visto entre
los que contamos con más noches que la Luna en el currículum.
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