Perdona por el impacto de mirarnos así, pero es que no había visto nunca a nadie con esas ganas de partirlo todo y arreglar lo suficiente, lo que bastara, para seguir adelante con lo que llegara cuando anocheciera. Tropecé con tu sonrisa diciendo que estabas encantado de conocerme y me caí por el túnel de tus caderas pensando en lo encantada que estaba yo de habernos dado un golpe tan bajo cuando ya dejábamos atrás el suelo de tu colchón o mejor dicho el de tu esterilla. La madre que nos parió, deja que te cuente... O más bien que te recuerde.
¡Sabía yo que ese lunar me traería problemas algún día!
Me di cuenta de que esto no era nada nuevo y me acordé de las historias del lago, de aquellas cabañas del bosque, del fuego, y las canciones, de la guitarra, de que éramos unos críos, y el lunar en cuestión me refrescó lo que seguíamos siendo, y también me hizo ver que habías cambiado entre nada y demasiado desde la última vez. Me acordé del primer beso de la historia más excéntrica de todos los tiempos: la historia de mis labios. Entonces entramos en una especie de shok provocado por el encontronazo/desastre y te recordé con esa gorra de los Lakers jugando a beso o atrevimiento.
Y es que tú y yo nos atrevíamos a poco para besarnos mucho.
Me comparaste con el vino que mejora con los años, y supongo que, a tu manera, me piropeaste de nuevo, como cuando éramos unos quinceañeros con miedo de que mutuamente dejáramos de hablar por el Tuenti. Yo solo quería creer que el único vino del que hablabas era el que ojalá llevaras de más, ya sabes, para dejar en una anécdota este percal que se había armado en un momento, al son de un par de voces hartas de beber indiferencia y rotas de esperar lo que era evidente que jamás llegaría. Entonces te pedí un minuto para ver si me aclaraba, y me parece que volvimos al principio. Más que nada porque me pediste el número de teléfono y claro, ya lo tenías guardado.
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