domingo, 5 de mayo de 2013

Abrí los ojos y volví a ser la chica sonriente



Fue una putada que descolgaras tú el teléfono cuando marqué aquel 983. Tu voz me descolocó por completo y sentí que retrocedía a toda velocidad el terreno que había avanzado a paso de tortuga.
Y vuelta a empezar. Otra vez a sentirme vacía y triste. Escribí sobre ti tantas veces que hasta el teclado de mi ordenador se enamoró de ti. El agua de la ducha volvió a confundirse con mis lágrimas y solo encontré consuelo cuando me abrazó el sueño y dormí.
Cuando desperté con las ojeras que tu recuerdo pintó en mi cara, mi propia imagen, estampada en el espejo de mi cuarto de baño, me hizo comprender que ya no valía la pena llevar a cabo ninguna acción que tuviera que ver contigo: ni pensarte, ni verte, ni llamarte, ni regalarte. 
Me hizo entender prácticamente de la noche a la mañana que no te merecías nada de mi. Por eso he dejado de pensarte a todas horas como hacía antes, de verte tras mis ventanas, de regalarte hasta mi respiración y de llamarte a la hora de dormir. 


Lo de recordarte lo tengo un poco más pendiente porque

olvidar no se olvida nada, 

pero superar se supera todo.


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